16 de enero de 2010

Circo de la Magia / cruzan el umbral del dolor con sonrisas para sanar

David Jaramillo
El Universal
Sábado 16 de enero de 2010
david.jaramillo@eluniversal.com.mx

Toc Toc: suenan los nudillos de las payasitas sobre la puerta imaginaria. Quieren entrar a la sala de reposo a conocer a los pacientes, bebés, niños, niñas.

Con sus pelucas y vestidos de arcoiris y narices coloradas, las integrantes del Circo de la Magia cruzan el umbral y piden a los infantes, madres, padres y abuelas cerrar sus ojos para adentrarse en un mundo de luz.

Algunas madres abrazan a sus hijos, otras los acarician. En un momento todas inclinan sus cabezas para meditar. Suenan de fondo la flauta y el diapasón. Y Ococoyebiye, la payasita, les habla: "Estamos hechos de cajones. Aquí tenemos el primero, si lo abrimos sale la envidia; en este otro el amor o la lealtad. Abrimos de nosotros mismos lo que queremos". Quedan la flauta y el diapasón.

¿Hospital? No, por lo pronto. Estamos en una estrella azul, que brilla. Se siente bien, como en paz. En paz. No duelen ya las inyecciones, ni se sienten las náuseas de la quimioterapia. Tampoco hay sueño. O fatiga. Aquí predomina el espíritu. Escarbemos nuestros cajones. ¿Qué hay dentro?, pregunta Ococoyebiye, que también le gusta llamarse Liliana Riva Palacio y junto a ella Ainé o Adriana Martelli. "¡La envidia! ¡El amor!", todos responden a coro, con sus narices de plástico. A la risa y rise-risa y rise hasta que se cansen los virus y las bacterias y los cánceres.

Las lágrimas no se hacen esperar; el temple se muestra en los gestos de los pequeños, en sus puños apretados, aferrados a sus cobijas o los brazos de familiares, es el momento de catarsis. Luego, delicadamente, Ococoyebiye y Ainé los devuelven a esta atmósfera. Al abrir los ojos, los instrumentos dejan de vibrar y de soplar, en medio de una calma constante. Entonces el perro Rufo Calcetín surge de la mano de alguna de la actrices pidiendo a una niña que sea su novia... Ante la negación, Rufo llora de manera simpática y la payasita aprovecha para regañarlo por su atrevimiento.

De pronto Ainé toca La Bamba en su jarana; Alejandro, de 6 años, su corazón de tambor, Rodrigo se integra al ritmo con las maracas que no dejan de vibrar, Mariana sacude el pandero sincronizado con los platillos de Natalia, el ensamble los une en un buen son. Se suman la rata Maruca, la gran malabarista y la Flor Mágica... Se escuchan risas. La energía no cesa y el sudor se ve correr.